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ISSN 1989-4163

NUMERO 07 - NOVIEMBRE 2009

 

Los Renglones de la Vida

Xisco Fuster

Un dilema existencial merodeaba en la mente del grafólogo desde hacía tres semanas. A punto de jubilarse, había analizado las firmas de miles de personas, le bastaba casi casi con ver a alguien sosteniendo el bolígrafo para obtener información fiable sobre las manías que afectaban a ese ser. Sin embargo ahora, desde hacía tres semanas, le consternaba el efecto de una sola firma: la firma de una estrella.

La firma y el cuerpo del sujeto eran exactamente iguales, un centro permanente del que partían radios brillantes. La firma y el cuerpo, exactamente sencillos. No se podía llegar más lejos. Había dado de bruces con la perfección. La perfección. Todavía no se había muerto, ni tan sólo se había jubilado, y ya había conocido a la gran dama. La perfección. Le turbaba. ¿Qué hay después de ella?

No hallar respuesta a tal pregunta le tenía absolutamente desconcertado.

Das con la perfección. Y luego, ¿qué hay después?

Ninguna respuesta, ni buena ni mala.

El grafólogo aplacó su inquietud recordando el gran descubrimiento de su infancia, aquél que le mantuvo la vida entera entregado a satisfacer su pasión por la manera en que la gente redactaba sus ideas: los renglones, la manera en cómo, sin darse cuenta, las personas demostraban su estado de ánimo al escribir. Renglones riéndose del horizonte o renglones irregulares como un embutido casero. ¡Qué apasionantes eran las líneas que dibujaban las personas cuando se entregaban a escribir sus sospechas y sus credos! Y el alma máter, la trampa, el verdadero Dios: esas cartulinas con las líneas horizontales marcadas con gruesas líneas negras que se colocan con un clip detrás de los folios traslúcidos. Sí, señor, la disciplina se llama horizontalidad, se dijo, una vez más. Pero, la estrella... era perfecta horizontal, perfecta vertical, perfecta en diagonal, hacia la izquierda y hacia la derecha. Perfecta.

El hombre a punto de jubilarse, que por supuesto no era grafólogo y ya está, también era psicólogo, había ayudado a cientos de personas con problemas de autoestima o presas de ignotos comportamientos beligerantes consigo mismos o con los demás. Toda su vida. Fue siempre tan sencillo. Tú escribes torcido porque tu voluntad se pierde, por eso se caen tus líneas llenas de palabras, decía a sus alicaídos pacientes. Debes sacarle brillo a las palabras, cuanto más escribas, más deben brillar, y tus frases acabarán con un resplandor al final, que todo lo que escribas en tu vida brille, que los puntos finales sean soles.

¡Pero esos brillos no se encuentran bajo tierra!, se exaltaba frente a quien dejaba caer los renglones, ¿has visto alguna vez el sol bajo la línea del horizonte? Cuando alguien respondía a ese enfado escribiendo hacia arriba, que es donde habitualmente se encuentra el sol, era cuando al grafólogo le entraban ganas de reír. No, hacia arriba tampoco, decía. Se llevaba a su paciente a la ventana, señalaba al horizonte y le hacía escribir en el mismo cristal, con un rotulador, una palabra muy larga:

“electroencefalográficamente”,

y exigía que sus letras no ascendieran ni declinaran más abajo de la línea marcada por el labio de la cornisa del edificio del frente, bien recto, así ves lo que haces y hacia adonde vas.

Electroencefalográficamente. La parte final de la palabra, es decir, la mente, no puede decaer nunca, y así el grafólogo aprovechaba el ripio para hacer reír a su paciente.

Ahora, a punto de jubilarse, el anhelo vital del calígrafo acababa de morir. Todas la líneas que había conocido en su vida, las finas, las gruesas, las de difícil curvatura y las de vueltas etéreas, todas, se desvanecían. ¡Qué paradoja!, no dejaba de repetirse, ¡con una estrella!

Sin embargo, nunca es tarde para tomar una decisión de cambio, sobre todo cuando sientes que algo se ha acabado. Debo buscar un nuevo camino, se dijo.

Y a ello se puso. De inmediato. A buscar. Un nuevo camino.

Andaba por la calle, de día y de noche, mirando arriba y abajo, dentro de los locales comerciales y dentro de las personas con las que se cruzaba, miró también dentro de la mirada cansina de un caballo que reposaba frente a una galera junto a la cual un grupo de turistas pretendía alquilar los servicios del calesero para dar un paseo. Y nada.

Pero un día cualquiera sucedió algo, una de esas casualidades que nunca se le ocurren a los cuentistas porque son demasiado imprevisibles e ilógicas. Un hombre flaco y alto le adelantó, con paso acelerado, pantalones grises y jersey verde, casi se la pega contra el pequeño tronco de un arbolillo al esquivar al grafólogo, ¡tan distraído no se puede caminar hombre!, aunque hayas perdido el sentido de la vida,

se dijo el analista,

pero ese hombre delgado era también ágil, no tenía pinta de haber perdido nada, y menos el sentido de la vida. Dio la impresión de que se le había aparecido un ángel, había dibujado el vuelo incierto de una mariposa y, además, cantaba. Silbaba y cantaba y se movía como una mariposa, ese hombre, y esquivaba al árbol.

Todo cambió ese día.

Cantaba y silbaba, ese hombre. Como una mariposa con labios que silban.
Después de tres semanas de dudas, el que había sido grafólogo toda su vida, dejó de serlo.

Se dedicó a perseguir a las personas cuando son felices. Sin que se den cuenta. Cuando cantan. Y empezó a analizar la felicidad de los cantos y los requiebros y los silbidos y los contorneos de los hombres cuando esquivan los árboles. Todo aquello también llevaba dentro un significado; por ejemplo, si un paciente silbaba con agudos eso significaba que le faltaba calma en su rutina diaria; o si otro esquivaba los arbolillos con un salto y media vuelta en el aire, él le decía que se marchara de su consulta con la misma alegría con la que había venido. ¿Y, como me voy a ir si su consulta está en medio del bosque y no tiene paredes?

Cada análisis se convertía en un hilo de seda. Cada acción feliz, un hilo de seda. Cada risa, cada agudo, cada grave, un hilo de seda...

Cuando el hombre que siempre había sido grafólogo acumuló suficientes hilos de seda, se tejió con ellos un lienzo blanco en cuyo interior él reposaba, en posición fetal, y no había ni aire, ni árboles, ni letras, ni cornisas, ni cantos, ni labios. Sólo luz.

 
 

Naia del Castillo

 

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